Obsolescencia programada y percibida

facebooktwittergoogle_plusrss

La economía mundial está basada desde hace ya unos años en el crecimiento perpetuo. Este concepto en sí, que por si mismo es imposible, significa que cada año debe existir un incremento lo mayor posible respecto al año anterior en los resultados de las empresas para que el sistema funcione, cree empleo y pueda garantizar la supervivencia económica y financiera de empresas, países y trabajadores.

Allá por los años 30 los productos ensamblados en las cadenas de montaje de las fábricas estaban hechos para durar. Y desde el punto de vista racional es lo más lógico y ético, además de respetuoso con el medio ambiente. Es decir, si podemos fabricar un producto en buenas condiciones y que dure varias décadas antes de averiarse, ¿por qué no hacerlo?

Imagen de una lavadora
Desde los años 30 los productos se fabrican para no durar.

Pues bien, el motivo es el siguiente; Bernard London se percató de que una forma de acabar con la crisis de la época sería fomentar el consumo. Y una forma de fomentar el consumo sería la de instaurar una obsolescencia programada (por ley) mediante la cual se garantizase que los bienes de consumo no pudiesen durar más de un tiempo determinado y perfectamente establecido con lo cual los consumidores se verían en la necesidad de consumir nuevos productos cada vez con mayor frecuencia. Y allí empezó todo.

Hoy en día la obsolescencia programada es un hecho que podemos percibir casi en cualquier tipo de bien de consumo, pero especialmente en el campo de la informática. Productos que hace 6 meses eran el tope de gama de su categoría ahora se encuentran entre la gama media, y en 6 meses más nadie los querrá ni aunque tratemos de regalárselos. O casi. El mundo de los móviles es un ejemplo perfecto del paradigma de la obsolescencia programada. Aún no hemos acabado de digerir el anterior super-teléfono de alguna multinacional cuando ya se está anunciando el siguiente modelo (que normalmente ni siquiera mejora ostensiblemente al original).

Este mal afecta tanto al hardware como al software. Las versiones y revisiones de los productos se suceden cada vez con mayor velocidad en un ciclo que parece acelerarse sin mesura y extenderse sin fin en una carrera descontrolada hacia ninguna parte. En el campo de los móviles y la informática se da además un tipo muy especial de obsolescencia programada: la obsolescencia percibida. Es decir, en muchas ocasiones los móviles pueden durar perfectamente 4,5,6 o más años en funcionamiento sin ningún problema, pero sencillamente el usuario percibe que su dispositivo está obsoleto al cabo de 6 meses o 1 año y decide cambiarlo por otro más moderno.

¿Casualidad? En absoluto, las grandes multinacionales del sector gastan cada año miles de millones de dólares en promocionar sus nuevos productos y dejar bien a las claras que no sólo son superiores a los de la generación anterior, sino que además los de la generación anterior han quedado prácticamente obsoletos tras la actualización. La pantalla que hace un año era puntera ahora resulta ser mediocre. La cámara que era insuperable ahora resulta que hace fotos borrosas. El procesador imbatible en benchmarks se ha convertido en un producto de desguace que debemos extraer cuanto antes de nuestro equipo si queremos seguir al día en el competitivo mundo de la informática.

El crecimiento perpetuo es por naturaleza imposible en un mundo finito. Nuestro sistema económico depende de un imposible, y aún no hemos entendido las implicaciones que esto tendrá a largo plazo a todos los niveles de nuestras vidas. ¿Qué nos deparará el futuro? Por lo que parece ahora mismo, consumo y más consumo. El mundo parece depender de ello, pero el planeta tal vez no sea capaz de soportarlo.

No olvides pasarte por mi vlog para ver mi último video sobre este tema donde amplío las reflexiones expuestas en este artículo.

Añadir comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *